El fútbol hoy: analítica y visualización de datos

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Tags: Barras Bravas; Violencia

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En tres días han muerto dos personas en Bogotá. Más allá de las circunstancias exactas, el denominador común es que ambas muertes han estado relacionadas con hinchas de equipos de fútbol, de Millonarios en particular. Primero, un señor de 65 años murió a manos de criminales vestidos de azul. Luego, en aparente disputa a punta de cuchillo entre hinchas de Millos y Nacional, murió un joven de 20 años. Morir por vestir un prenda de un equipo de fútbol es el mayor sinsentido posible. Matar en nombre de unos colores deportivos sólo lo hacen criminales a los que les basta cualquier excusa para expresar su instinto asesino.

El diagnóstico se hizo en Europa hace muchos años, y en Colombia más recientemente. Las barras no vienen siendo más que tribus urbanas que utilizan el fútbol como excusa para expresar sus sentimientos, reprimidos o no, de violencia, de necesidad de liderar, o de aceptación en grupos culturales afines. No puede, pues, ignorarse que hay un espacio sobre el que trabajar.

El fútbol, en sí, no es culpable de las muertes, pero sí de la innacción. A raíz de la primera muerte, Millonarios, sólo Millonarios, publicó un comunicado lamentado la muerte del señor y rechazando a los hinchas violentos. Loable, pero claramente insuficiente. La reacción del fútbol tiene que ser coordinada. ¿Dónde está la Dimayor en estas horas bajas del fútbol? Uno de los comentarios al comunicado de Millos resume el problema: “afortunadamente para es mal existe cura y esa se llama LDS”. LDS, recordemos, es la barra brava del Nacional.

Millonarios puede intentar lavarse las manos con el comunicado, pero una nota con el logo azul sólo genera reacción de los hinchas violentos de los demás equipos. Así es la cultura de las barras bravas. A cada incidente, no hay que esperar a las muertes, deben ser los diferentes equipos, cada uno de forma explícita, quienes rechacen la violencia.

El problema en Inglaterra y el resto de Europa se solucionó con cámaras en los estadios y acción policial. A cada hincha violento se le prohibía volver al estadio. Cada hincha no judicializado, pero con acciones reprochables, debía visitar la estación de policía mientras se celebraba el partido. Si es el fútbol lo que les gusta, el fútbol hay que quitárselos.

Pero no como amenaza por twitter el populista alcalde de Bogotá, Gustavo Petro: “Si no hay paz en los barrios por el fútbol no puede haber fútbol en el estadio”. La política del avestruz no sirve. El fútbol genera trabajo, no sólo a los futbolistas sino a un sinnúmero de trabajadores formales e informales que viven de lo que genera el día de un partido. Prohibir el fútbol en el estadio, sin más, es cerrar los ojos y negar el problema. Más cuando las cosas en el estadio en Bogotá están, hace un buen rato, relativamente calmadas.

Quien apuñala a otro, es un criminal. El color de la camisa que use él o su víctima es circunstancial. A él, a sus compinches, deben tratarlos como hampones que son. Es errado extender ese trato a todos los demás hinchas del fútbol.

La solución pasa por coordinar a la familia del fútbol con las autoridades de cada ciudad. La Dimayor, con sus generosos ingresos por televisión, debe instalar cámaras en el estadio y alrededores. Cada incidente, cada pelea, cada silla rota debe castigarse con lo que más les duele: prohibir la entrada al estadio, incluso de por vida. Las barras bravas deben entrar identificadas. No sólo saber cuántos entran, sino quienes entran. En Colombia, por ejemplo, si un número significativo de hinchas de una misma barra cometen actos violentes, debe ser el mismo Club quien acabe con dicha barra.

El mejor ejemplo lo dio Laporta, expresidente del F.C. Barcelona, quien acabó de tajo con la barra más violenta del Barça: Los Boixos Nois. Primero les cerró el cuarto donde guardaban los “elementos de animación”. Luego nombró a un directivo responsable de seguridad. Su misión: acabar con la barra más violenta, así fuese la más ruidosa. La reacción del grupo fue asaltar a Laporta en 2004 saliendo de las instalaciones del Pabellón de Deportes del Club. Le hicieron pintadas amenazantes en su casa. A pesar de aquello, Laporta prosiguió y contó con el apoyo policial. Se aprehendieron individuos de la barra infiltrados entre los empleados del club.

El Barça prosiguió su batalla por un fútbol en paz. Expulsó socios (el Barça tiene más socios, que capacidad tienen el estadio). Socio expulsado, socio que jamás puede volver a entrar al Nou Camp. Además, despidió empleados sospechosos de apoyar a los Boixos Nois e instaló cristales de seguridad en la zona donde se ubicaban. En esencia les cerró la entrada al estadio y a su capacidad de organizarse en el estadio. Al final los cánticos contra Laporta desaparecieron. Hoy todo seguidor está identificados y la barra apenas aparece en algunos partidos de visitante.

La información es la base para solucionar la violencia relacionada con el fútbol. En los grandes partidos de Copa de Europa, las fuerzas policías de un país advierten a la del otro país sobre los nombres de los hinchas violentos que han viajado con el equipo. Allí, en la frontera los esperan y los devuelven por donde vinieron.

En Colombia, no puede dejarse todo en manos de un presidente de Club. Debe ser el fútbol quien coordine con las autoridades y sí al final volvemos a ver un fútbol donde no hay barras bravas, como en los ochentas, que así sea. Pero el fútbol debe ser en paz. La solución, eso sí, no pasa por evadir la responsabilidad y simplemente prohibir el fútbol.

 

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